Estoy viviendo la vida de otro, agotando el tiempo de otro, respirando un aire ajeno. Sólo tengo que encontrar a quien esté viviendo mi vida y cambiársela. Fácil. ¿Y si mi vida fue vivida antes de que yo naciera o todavía está esperando su turno en alguna parte? Escribo esto desde el enajenamiento, en un medio turbio, como cometiendo una transgresión. Transgresión espacio-temporal o metafísica, para el caso es la misma sensación, la misma inconcreción, la misma inopia.

Estoy montada en una vida extraña. Me he escapado un momento. Perdón.

Si mi cuerpo pierde definición, si mi cuerpo se expande o se pliega, qué he de hacer yo con esta materia aliena, en la que no me reconozco, pero que me duele si la pinchan, que a veces me estremece si la rozan.

Ser espora o idea etílica. Tener simetría o desestructura. Saber a mango o a leche rancia. Por pensar o dejar de hacerlo, por reproducirme o reprogramarme en contra, por introducir o expulsar de mi seno, por ser vaina o milagro. Por lo que sea. Por lo esotérico o la física cuántica, por el amor entre partículas. Tengo nombre. Un nombre que no es mío.

La vida de ese otro que llevo me lleva. Si alguien vive o ha visto mi vida, que me llame, que lo diga.  

Úrsula salió deprisa de casa, la perdí de vista tras girar corriendo la esquina; no he vuelto  a saber de ella. Me imagino que no hizo bien aquella tarde que pasó mirando cromos descoloridos de las series de dibujos de cuando era pequeña. Me imagino que la lectura rápida y hastiada de aquellas viejas cartas tampoco fue una buena idea. La niña, su niña, jugaba a escribir el guion de un folletín televisivo en la mesa de la cocina. La acompañaba una compañera del colegio con quien solía hacer los deberes cada tarde. Pancracio, su marido hasta aquel momento, trabajaba en la industria alimentaria, en el departamento de control de calidad de una fábrica de sopas y postres en polvo. Úrsula odiaba aquellos productos y odiaba el olor impregnado en su piel, incluso después de ducharse. Al principio le gustaba pensar en él como si fuera Susan Sarandon en Atlantic City; incluso jugaba a frotarle con rodajas de limón en aquellos prolegómenos, por qué no admitirlo, farragosos, de sus ocasionales encuentros sexuales. Úrsula jugaba a llevar una vida estable, acomodada, a tener una familia. Úrsula también jugaba a ser infiel, y un día decidió jugar al escondite.

La niña trataba de alargar los días, prolongaba los minutos despierta bajo las sábanas, fantaseando situaciones truculentas e historias de amor arquetípicas, planeando los recreos del día siguiente. No echaba demasiado de menos a su madre.

Pancracio y yo seguimos juntos. Yo sí echo de menos a Úrsula.

Úrsula, amor mío, me quedé con Pancracio, con la niña, cuidando tus cosas hasta que vuelvas, no voy a resignarme a que no lo hagas, porque no tengo valor para salir a buscarte. Pancracio es un amante correcto, aburrido, poco exigente. La niña tiene un carácter huraño, una imaginación opaca, inconstante, una mirada displicente. Me acepta. Puede que me quiera. Todo esto parecía mucho mejor cuando tú estabas aquí y podía pensar que lo compartíamos, que Pancracio reverberaba tu aliento, tu tacto, cuando podía  creer que te lo arrebataba, que podrías llegar a estar celosa, tú, de mí. Todo era mejor cuando podía caminar a tu lado, cuando podía empañar con mis besos tus manos, el reflejo de todo tu cuerpo en ellas. Sin esta conciencia plena de tu ausencia, mancillando el silencio con mis lamentos.

Pati, tan parecida y tan diferente de tu madre, repitiendo aquel mohín suyo pensativo, aquel leve fruncimiento de los labios que se transmitía a toda la cara; no puedo ver en ti sino un plagio de ella, una reproducción hecha por un artista poco concienzudo. Sospecho que apenas notas la diferencia entre ella y yo.

Pancracio, la calidad de tu producto es inaceptable. No soy Úrsula, ¿lo sabes?

Cuando pasó de los treinta se volvió incapaz de decirlo en voz alta. A veces, incluso, cometía la abyección de mentir sobre sus años. Era igual, aparentaba menos, qué podía importar, pero la enormidad de los números que nombraban el tiempo pasado la abrumaba y la dejaba sin palabras, sin justificaciones, hasta sin movimiento. La parálisis era completa, física y mental. Estaba en una cárcel de papel y cualquiera podía traspasarla y herirla. Sólo rezaba para que no ocurriera. Trataba de pasar desapercibida. Si nadie reparaba en ella, nadie podría tocarla. Nadie podría fingir amor o sentir desprecio, u ostentar indiferencia.

Qué figura más triste la suya, muerta en un mundo provisional y tan frágil que si las corrientes del destino soplaban cerca se desmoronaría para siempre. Qué hacen los muertos cuando destruyen su morada. ¿Siguen igual de muertos o quizá algo cambia en su estado —en su estado de qué, en su estado de no-vida y de muerte—, en su espíritu con o sin carne, en su inmensa y negra desolación insondable?

La seguimos por la calle. Cree que tiene sus rutas, que existe su territorio urbano, se siente un fantasma situacionista. Va a la peluquería, va tan poco a la peluquería que supone un suceso destacado en su miserable —quizá no miserable, quizá mejor sutilísima— vida. Le da vergüenza, siempre la vergüenza contaminándolo todo, pero entra, con ademán decidido, entra y quiere que la atiendan sin demora. Y es posible y siente eso como un acierto, como un premio inesperado, como un paso adelante en una dirección desconocida y luminosa. Quiere cortarlo, quiere desprenderse del pelo como si el pelo fuera culpable de algo, como un ritual de renovación, de desinfección de su imagen exigua, descuidada, inadvertida. ¡Quién querría reír con un holograma!

Los cumplidos, las alabanzas a su herencia material son como arañazos en las vísceras. Sonríe y duele la sonrisa. Se tensan los labios en una voluntaria mueca y un nudo en la garganta hace que sea más difícil respirar. Es áspero, acre, caliente… ¡Relájate, por dios, por todos los santos, por la virgen y las putas, por el amor de los mártires, por lo que mas quieras si es que quieres algo!

Y disfruta, sí, disfruta durante unos minutos de ese masaje en el cuero cabelludo tan agradable y se deja llevar y trata de no pensar en nada más, de no pensar en nada, de quedarse allí para siempre con una desconocida jugando con su pelo, sujetando su cabeza. Y allí estamos, frente al espejo inmisericorde, contando los minutos, los poros de sus pómulos y las arrugas en los párpados inferiores. Han estado allí siempre, ¿verdad?, es su cara. Entonces, dónde está el cambio, qué demonios ha cambiado en esa cara joven, es cierto, es un rostro joven, lozano, incluso con las imperfecciones de la juventud, pero que globalmente revela el paso del tiempo de una forma misteriosa e indescifrable.

Sale y quiere ir a casa. Jugar con los espejos, saltar y fingirse alegre. Soñar con ella misma siendo otra, más bien con ella misma siendo ella misma y los demás siendo otros, definitivamente diferentes, con inclinaciones irresistibles hacia ella, hacia ella que va adquiriendo más consistencia desde su inasible sustancia original y se vuelve sólida, tangible, olorosa y punzante. Y ángeles y demonios la rozan, la atraviesan, la levantan en volandas y la aprietan contra la tierra, y finalmente ocurre, es Dánae empapada de estrellas doradas.

Hay alguien o álguienes que desde Perú entra o entran en este blog con cierta regularidad, aunque no haya nuevos escritos. Me gustaría que se presentara o presentaran, saber quién es o quiénes son, cómo ha o han llegado hasta aquí y por qué le o les interesa. No conozco a nadie allí, ni en persona ni a través de ninguna red social, y estoy especialmente interesada en ese país y en algunas de sus particularidades culturales.

Así que este mensaje es amigable, escrito desde la curiosidad y el deseo de conocer peruanos que me sirvan de orientadores o guías en cierto viaje iniciático que me gustaría emprender.

Si vuelves o volvéis a entrar y lees o leéis esto, te u os ruego que dejes o dejéis algún mensaje o algún medio de contacto. Muchas gracias. 

El camión de la basura. Poco más que añadir. Lo oigo desde la cama como cada noche desde hace cincuenta y tres. Como cada noche, sola. Los fines de semana duerme mi hermana pequeña en la cama de al lado. Podría dormir en otra habitación, pero prefiero hacerlo en ésta en la que nunca estuvimos juntos. Además, agradezco la compañía.

Estamos sin wifi desde ayer. Le escribo cada día. Me desahogo y me confieso. Registro retazos de recuerdos en estilo telegráfico. Eso, hacer punto, estiramientos musculares y comer manzanas, nueces y yogures es todo lo que hago, y eso cuando lo consigo. Y llorar, claro. Sin olvidarse de gritar, abrazar y pedir perdón a mis padres y hermanas.

Apenas tengo amigos. La mayoría de los que se acercarían a esa categoría no lo saben. No puedo ni quiero contar con nadie. De hecho, a veces quiero. Pero no puedo.

Escribo en una postura incómoda, tumbada en la cama con dos almohadas debajo de la cabeza. Hablar de incomodidades o molestias me exaspera y humilla. Me degrada, me coloca en una posición adecuada para apreciar lo miserable que soy. Qué cotas de miseria no puede alcanzar un ser humano sobreviviendo.

Escribo con un iPad, con un teclado táctil. Despacio pero sin pensarlo demasiado. Es tarde. Ayer me dormí a las siete de la mañana. Los ojos me escuecen y se entrecierran en algunos momentos. Sin embargo, antes del sueño están las imágenes terribles, los recuerdos de espanto. No, esperaré a que el sueño se haga más fuerte antes de intentar entregármele.

 

Llevo un reloj Casio color berenjena que compramos en Seúl. En una tienda de la marca el el barrio de Itaewon; una zona comercial y animada donde reside la mayoría de la población extranjera de origen occidental. Una vez se sale de la avenida principal, las calles pierden geometría y definición, se vuelven estrechas, con tráfico escaso y mal regulado, llenas de tiendas y establecimientos de comida de aspecto claramente coreano. Al lado hay una base militar estadounidense. Justo al lado de la base vimos una tienda de medallas, placas y otros objetos condecorativos. Después de dudar un rato (yo), entramos a preguntar por las medallas. Me gustaba la idea de conseguir una, pero pensé que serían muy caras y no quería en ese caso ceder al antojo una vez tocado el objeto con los dedos. Me animaste a entrar, pero no se dio la disyuntiva. No estaban en venta. 

Desde allí nos acercamos al museo Leeum de Samsung. La sala de arriba estaba dedicada a la cerámica tradicional. Las de abajo, al arte contemporáneo. Vimos juntos la primera y yo sola las otras dos mientras me esperabas sentado abajo, entre el mostrador de información, el ropero y la zona de souvenirs. Compraste unas cajas muy bonitas esmaltadas y nacaradas con inscripciones y muestras de caligrafía coreana. Yo compré, al llegar, y después, imagino (imagino y estoy segura), de besarte, una funda para el móvil que, aparte de unos dibujos infantiles de casas con piernas, tenía impresos el nombre de Seúl y el del museo.

Era un poco tarde para comer. La mayoría de restaurantes ya estaban cerrados o habían acabado el horario de comidas. Al final entramos en uno de carne que tras apenas un minuto de quedarnos, sobre todo quedarte, mirando las fotos en el exterior, provocó la salida de una mujer que nos invitó a entrar. Y entramos. Puede que no en ese momento. Puede que aún intentáramos encontrar otro restaurante abierto que no fuera sólo de carne. Los inconvenientes serían míos. Ante el fracaso, volvimos y se repitió la operación: mirada a las fotografías de carne roja y veteada cortada en trozos regulares e invitación de la misma mujer que se asomó a la puerta. Pues bien, sí, entramos. Fue nuestra primera experiencia carnívora en el país. Nos dieron muy buena atención; les hacíamos gracia. Nuestros ojos redondos abiertos como platos, nuestra torpeza y desconocimiento de los alimentos y de cómo abordarlos. Nos atendió una chica que farfullaba un inglés precario. Con buena voluntad y curiosidad por ambas partes. Fue la primera de varias que nos preguntó qué éramos el uno del otro. ¿Es que no estaba claro? Igual quería saber si estábamos casados. Parece que las coreanas encuentran muy atractivos a los hombres con barba, dado la tendencia lampiña de los locales, y que son frecuentes las parejas de ellas con occidentales a la vez que raras las de mujeres occidentales con hombres coreanos. Le dije que éramos novios. Siempre digo que somos novios. Ni pareja ni que seas mi marido. Para mí es más bonito ser novios, y más exacto. A ti, en cambio, te parece que es restarle entidad a nuestra relación. Pareja que sean otros y que se aburran y sigan siéndolo. Nosotros somos novios, siempre. Te hizo gracia pensar que estaba valorando posibilidades contigo, ser un objeto peludo de deseo.

Nos trajeron muchos platitos de verduras, setas y alimentos sin identificar. La chica nos iba diciendo si eran picantes, en qué orden y cómo comerlos. La carne se preparaba en unas planchas en el centro de la mesa. Extractores de bronce se descolgaban desde el techo y se acercaban a la mesa mientras duraba el cocinado de la carne. Hojas de lechuga se usaban para enrollar la carne, junto con el kimchi (col cocida muy picante) y otras verduras y salsas. Estabas feliz. Y yo, entre tus ojos y el calor de las planchas; radiante. 

Fue en una oscuridad cerrada. Sin estrellas. Sin cielo. Sin luces eléctricas en la distancia. Se subió a un vehículo de viento, o el viento mismo lo aupó sobre sí. Cambiaba de dirección y de ritmo agarrado a sus crines. En un momento dado, un giro brusco hizo caer su cuerpo a tierra. Pero él siguió allá arriba en el aire airado, acompañando sus garabatos, ya sin frío ni noche ni vértigo ni meta, aullando al unísono. 

La página en blanco cierra los ojos.

Una chica se despereza en ella.
Parece que quiere asomarse a su luz.
Se altera la lisura de su superficie.
Se cierra, se pliega, se cae al fondo, brilla.

La chica abre los ojos y la página desaparece.
Conjunto vacío

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